
(Recuerda Hécate, la diosa ctónica, cómo asistió a Medea, hija del rey cólquida, Eetes, en la casa de Pelias, asegurándole, con sus malas artes, la venganza de Jasón. Pero no recuerda sacrificios recibidos. Medea planea una nueva venganza en la isla de Corinto, contra la casa de Creonte, ahora también de Jasón. Pero la reina de los fantasmas, la Enodia, aumenta o disminuye sus favores según place a su ánimo.)
Hécate. ―Medea, por el Sol divina, bárbara como Tracia, princesa de Cólquide y hechicera, ¿acaso no recuerdas quién te asiste? …que escondí de Crono, el apetitoso, al niño Zeus, y que todos los honores de ser titán nunca me fueron arrebatados? …que beneficio a los que viajan por el incierto mar, a los que chocan en la horrísona guerra, a los que, prometido el honor, se miden en los juegos si me son queridos? Recuerda cuando eras niña, conociste el avellano, el sauce, el ciprés triste, y mi voz estuvo a tu lado. Ahora, ¿por qué no siento el olor de tus sacrificios? No quieras saber lo que guardo para el barón de Glamis, futuro rey de Escocia. No ganes el odio de los dioses. En Iolcos te asistí engañando a las hijas de Pelias. Les hice creer que, si desmembraban a su padre, lo harían rejuvenecer; huiste sin decir el conjuro que lo volvería a la vida. Llegas, recién, a Corinto y ya quieres vengarte de nuevo. Jasón te ha abandonado. Creonte, el rey, te exila. Buscas mi ayuda para emponzoñar la felicidad del hijo de Esón. Mira cómo se niegan mis tres caras. Te abandono, fuera de tu casa, y cierro las puertas de la ciudad, mirándote con muecas terribles desde el umbral: ¡vete! Yo también te exilo. Yo también desconfío de ti. Los oráculos te señalan. Tu nombre rezuma el horror que oscurece a los hombres...
“(Entra corriendo un criado de Jasón)
Mensajero. ―¡Oh, tú, que una cruel acción inicuamente has cometido, Medea…”, dijo Eurípides.
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